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Diariamente, 60 mujeres de entre 10 y 19 años, embarazadas sin planearlo, dan a luz en Puebla. La tendencia es ascendente; entre 2014 y 2015 este problema aumentó 1,3 por ciento, según indica la secretaria de Salud del estado. Se trata de una situación de alarma que preocupa a vastos sectores sociales.

Los porcentajes de embarazos en adolescentes en México son altos. A México le corresponde la tasa mayor, según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), registrándose un hijo nacido por cada 15 niñas de 15 a 19 años. Además, 2 de cada 10 mujeres pertenecientes al rango de edad que va entre 15 y 19 años ha estado embarazada en más de una ocasión.

El Centro Latinoamericano de Salud y Mujer (CESLAM) señala que alrededor de 35 por ciento de adolescentes en México comienzan a tener relaciones sexuales entre los 10 y 15 años de edad. Si la información que se recibe en el país en cuanto al ejercicio de nuestra sexualidad es de por sí limitada, no debería sorprendernos que para los individuos que pertenecen a dicho rango de edad sea (casi) nula.

Entrevistamos a Andrea Cruz con la finalidad de acercarnos a la realidad de las chicas que viven embarazos no planeados y que para muchos es desconocida por el anonimato que buscan los afectados.

Andrea es psicóloga y trabaja en una ONG que se dedica a atender temas relacionados con los Derechos Humanos, en especial los sexuales y reproductivos, entre los cuales se encuentra el aborto. También trabaja como orientadora y da terapias sexológicas. Nos cuenta que el rango de edad más común en el que asisten las chicas con embarazos no deseados pidiendo ayuda, asesoría sobre su embarazo o buscando un aborto, es entre los 15 y los 19 años.

Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 19.2 por ciento de la natalidad del país corresponde a mujeres menores de 20 años. En la Ciudad de México se registra un 15.8, y Puebla comparte el índice porcentual nacional.

Si bien es cierto que las críticas al embarazo prematuro recaen en un problema cultural, las complicaciones a las que se enfrentan física y emocionalmente las niñas y adolescentes que se ven implicadas son para preocuparse. La concepción, educación y manutención de un hijo, cuestiones de por sí difíciles para cualquiera, ven mayor complicación cuando se trata de una madre infante o adolescente.

Los embarazos en menores de 20 años son siempre considerados de alto riesgo. Aumentan las probabilidades de que exista una mala nutrición, la posibilidad de sufrir abortos naturales y el nacimiento prematuro del bebé, así como los trastornos en el desarrollo físico y mental del mismo.

Hay asimismo un incremento en las posibilidades de muerte materna, fetal, neonatal o infantil. Datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) señalan que “las complicaciones durante el embarazo y parto son la segunda causa de muerte” entre mujeres de 15 y 19 años en todo el mundo.

Por otro lado, las consecuencias psicosociales del embarazo en adolescentes no son cosa menor. En la lista de estas últimas sobresale la deserción escolar, nos cuenta la entrevistada, como una de las más recurrentes, así como el impacto que significa asumir, con nula preparación, el rol del adulto que tiene que hacerse cargo y en quien recae toda responsabilidad, sobre todo en las no escasas ocasiones donde hay un abandono y/o desentendimiento del padre.

Es el caso de una chica de 16 años que asistió a la ONG donde trabaja Andrea con un embarazo no deseado. Ella quería tener al bebé pero su padre no estaba de acuerdo. Decidió tenerlo. Sin embargo, regresó un año después, también con un embarazo no planeado, pero esta vez, al contrario de la primera, en busca de la interrupción del mismo: “porque tener un hijo es muy complicado, no me imaginé que fuera tan difícil. No me arrepiento pero dos hijos a mi edad ya es demasiado”.

 

Embarazadas prematuras, cuestión de Derechos Humanos

La maternidad prematura es también un problema de Derechos Humanos. Las invisibilizadas violaciones a niñas en América Latina son parte de un contexto alarmante, para lo cual es importante añadir la escasa denuncia registrada en dichos procesos debido a repetidos casos donde el origen del abuso es dentro de las propias familias. Las estadísticas al respecto son, por lo mismo, limitadas.

La semana pasada se hizo público un caso de este tipo. Una niña wichí de 12 años, que sufre de una discapacidad mental, fue violada por ocho hombres. Con un embarazo de 6 meses, se decidió practicarle un aborto debido a que el feto no tenía probabilidad de sobrevivir. Sin embargo, su caso no se denunció previamente ni se recurrió, debido a la condición social poco favorable de los padres, a ningún método para la interrupción del mismo.

Pero el estrato social no es lo único que dirige esta problemática. Los valores sociales, y en particular los familiares, son decisivos. Dentro de estos es importante señalar la fuerza con que se impone aquí la perspectiva hacia el aborto y la habitual privación a las involucradas del derecho al mismo, normalmente bajo pretexto de su corta edad y, por ende, su “imposibilidad” para decidir.

Para Andrea, el aborto “es una decisión ética, compleja, con múltiples significados sociales y sexuales” que rodean la decisión de practicarlo o no, y que “en muchas ocasiones la tornan conflictiva”. Por esta razón, considera que es importante en el contexto de los embarazos prematuros “un acompañamiento previo a tomar la decisión”.

Asimismo, nos externa la importancia que la interrupción del embarazo ha significado para nuestra sociedad, como “un espacio de lucha contra ideales normativos que aquejan más a las mujeres, pues en nuestra cultura patriarcal ser mamá es un mandato vigilado e interiorizado, y es el rol con el que hemos sido reconocidas durante mucho tiempo”.

La relación familiar alrededor de cualquier embarazo, y más para niñas o adolescentes, define la manera en que se tomarán las decisiones. Ejemplo de esto es otra situación que nos compartió de una pareja de 17 años que, para no decepcionar a su familia, mantuvo en secreto el embarazo y la interrupción del mismo, viéndose en la necesidad de vender sus pertenencias porque las clínicas del gobierno los obligaban a ser acompañados por los padres. Lo que más les preocupaba, relata, era tener un hijo a la fuerza: “no me malinterpretes, sé que lo cuidaría, pero nunca imaginé así mi vida. Me he quedado sin amigos porque la mayoría ven mal, no que esté embarazada, sino que aborte”.

La atención a toda la problemática que rodea el embarazo prematuro, y el no planeado o no deseado en general, debe ser un punto principal a resolver en cualquier agenda política y cultural. Desde la educación sexual en casa y en la escuela, hasta la creación y mejoramiento de centros de salud especializados en el tema, buscando además la buena capacitación del personal de atención a este sector de la población en general más susceptible.

“Nos hemos dado cuenta de que la información no evita los embarazos adolescentes”, dice Andrea, “habría que apostar a una educación de la sexualidad desde muy pequeños. Obviamente, acorde a las etapas serán los saberes compartidos. Es importante la promoción de conductas y actitudes que no perpetúen estereotipos ni roles de género, que mujeres y hombres tengamos la posibilidad de decir lo que queremos sin avergonzarnos. Promover la solidaridad con el otro así como el autoconocimiento, la autoexploración de nuestros cuerpos”.

El Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE) hace una propuesta en su informe del 2015 para la prevención y atención del embarazo adolescente, con 8 puntos centrales:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Nuria Fernández

 

Vía La Jornada de Oriente